Noticias 17 mayo
Montaje publicitario de las Farc y sus cómplices alrededor de la liberación de Moncayo
Por coronel Luis Alberto Villamarin Pulido el 17 de Mayo 2009 8:49 PM
La ingente actividad propagandística, publicitaria y politiquera que han desatado los mismos que en los computadores de Raúl Reyes aparecen complotados contra Colombia, en torno a la necesaria liberación del cabo Moncayo, corrobora una vez mas que la Cancillería colombiana está en pañales frente a la diplomacia paralela de las Farc; que la dictadura cubana todavía mueve los hilos del terrorismo en Latinoamérica; que los ineptos expresidentes Gaviria y Samper están que se mueren de envidia y de ganas por volver a malgobernar a Colombia; que al profesor Moncayo, a Piedad Córdoba y Yolanda Pulecio, así como a buena parte de los autodenominados Colombianos por la paz, los petrodólares venezolanos les han servido de soporte para sus persistentes campañas de desprestigio contra Uribe; que a todos los que vociferan críticas contra la reelección solo les importa su ego, pues no tienen ni la menor idea de como resolver el problema del narcoterrorismo fariano, etc, etc, etc.
Aunque hace rato que Colombia perdió la capacidad de asombro ante tanta desvergüenza de la dirigencia política corrupta y egocéntrica que nos ha malgobernado durante casi dos siglos, nunca sobra un llamado a la sensatez para tratar de ver la situación con objetividad.
Primero estuvo Piedad en el Brasil, reunida con un dirigente comunista que aparece relacionado varias veces en los ordenadores de Reyes, como cómplice preferido de las Farc en ese país. Y dizque la reunión con ese personaje, era para buscar la ayuda brasileña en la liberación del cabo Moncayo. Luego el cardenal Castrillón dijo una mentirita no muy piadosa e inaceptable para su investidura. Dizque habló con delegados de las Farc y el Eln (por teléfono) apenas cinco minutos con cada uno. Monseñor Castrillón, los obispos tambien pecan al decir verdades a medias, no lo olvide!!!
Ahora apareció el embajador cubano en Bogotá, con el embeleco que la empobrecida isla, sometida a cincuenta años de férrea y sanguinaria dictadura comunista, puede ser el escenario para liberar a Moncayo. E inclusive la señora Córdoba tiene contactos con despistados demócratas de Estados Unidos, que en el fondo quieren condicionar el TLC con Colombia, a que haya negociación política con las Farc. Esto, producto de la propaganda que hacen los infiltrados por las Farc entre los sindicalistas.
En el último capítulo del Foro de Sao Paulo en Montevideo, todos los asistentes al mismo, cerraron el evento con una declaratoria de trabajar por la paz en Colombia. Por los mismos días, Daniel Ortega pidió a sus "hermanos de las Farc, seguir luchando por la paz en Colombia"
Todos los mamertos, miembros del Movimiento Bolivariano de las Farc y del PCCC infiltrados en Colombianos por la paz, solo piden paz, con la curiosa coincidencia que sus planteamientos coinciden con los incendiarios escritos del semanario Voz y las justificaciones teóricas de Alfonso Cano, acerca de la existencia del terrorismo comunista en Colombia.
Así como hay cachacos que se sienten vallenatos, hay vallenatos que tienen vocación de cachacos. El maestro Rafael Escalona era uno de ellos.
Nadie que conozca los vínculos entre Valledupar y Bogotá, y cómo estudiaban en la capital los pichones de abogado de La Provincia y cómo los hijos pecosos de los cachacos pasaban vacaciones a orillas del Guatapurí, se extrañaría de que así fuese. Pese a ser friolento como pocos, vivió largos años en Bogotá y allí murió el miércoles pasado.
Escalona compartía más de un cromosoma con los cachacos. Su atención al lenguaje, por ejemplo: dispensaba a las palabras una atención de bogotano decimonónico. Le gustaba la gramática: nunca fue bachiller, porque un balonazo en la cabeza lo sacó de combate y de diploma en el Liceo Celedón de Santa Marta, pero leía tratados de retórica, como cualquier Marroquín o cualquier Cuervo. Además, procuraba cuidar los modales, si bien a veces podía ser cortante con los desconocidos. Profesaba un esmero en el vestir digno de cachaco. Una vez me envió a Madrid una carta donde no pedía jamones, turrones ni boinas, sino unos guantes negros de cabretilla y una navaja toledana para su colección. ¿No es significativo que su finca vallenata se llamara Chapinero? Pero, por supuesto, Escalona era un hombre de la costa. Fue connotado mamagallista, de los que parecen hablar en serio pero están tomando el pelo.
Era quisquilloso y exigía respeto y distancia a quien, sin conocerlo, se tomaba confiancitas. Pero muchas de sus pullas eran circunspectas bromas, como las que describe en su elegía a Jaime Molina. En 2001, por ejemplo, un fax del maestro me pide contactar a Paloma San Basilio, que quería grabar un canto suyo. Y reclama: “Usted jamás se ha tomado la molestia, como cachaco al fin, de hacerme conexión con esa bella dama”.
Falsos vainazos aparte, Escalona fue siempre un puente firme entre la costa y el interior. Como el vallenato.
A propósito, Paloma no grabó a Escalona, pero otros artistas españoles sí: Lola Flores interpretó La casa en el aire, el grupo gitano Triana Pura cantó El pobre Migue y Rosario Flores el mismo tema de su madre.
Hijos, silbidos y disparos.
Escalona tenía un talento monumental como narrador, un oído perspicaz para las expresiones de sus coterráneos y una habilidad innata para la música.
Nunca la estudió. Componía silbando y luego algún amigo trasladaba los silbidos a la guitarra o el acordeón.
Como buen juglar, disfrutaba con los chismes, y como buen poeta, lo apasionaban las palabras. Era fácil de lágrima y solícito en amores; llegó a casarse tres o cuatro veces. Le gustaban el whisky, pintar y los piropos.
Dicharachero insigne, dejó frases memorables: “Yo quiero a la que me quiere y olvido a la que me olvida”… “Yo pensé que un mejoral podía curarme este gran dolor”… Alguna vez le preguntaron si era verdad que tenía 50 hijos. “Si cada disparo fuera un muerto –contestó con una sonrisa traviesa–, los cementerios estarían repletos”.
Que lo sostenga él, que sabía de disparos y de hijos. No creo que fueran 50, pero pasan de 20. A todos los quiso, a todos los presentaba con orgullo y a todos ayudó a colocarlos. Y digo que supo de disparos, porque alguna vez se batió a duelo, como en cualquier película del oeste. No hubo muertos por aquello de que no todo disparo acaba en la funeraria.
Llámeme “compadre”.